jueves, 26 de mayo de 2016

Pronto será lo suficientemente frío

Acechan cardúmenes de gorros y camperas por la madrugada; impaciencia inapelable. De esa impaciencia irremangable de la que no podes deshacerte por culpa de los ventarrones que te dicen: “llegó por la madrugada, llegué con él, que te quiere revelado entre las sábanas”. Y es ahí cuando el manto del encierro te sorprende a vos, por encontrarse incrustado en tu cuerpo desde que comenzaron las heladas. 

Una artillería de chocolatadas y calefactores, qué bronca redirigirte a los caminos comunes. A la estación en tu memoria hay que pegarle un tiro, que se incinere el recuerdo urbano en cada barril de cada canillita. El error no es tuyo, es mío, está perdido en tu alacena de errores personales, mezclado, en etiqueta adulterada, hibernando entre el error ajeno y la ausencia de alguien que se olvidó de decirte que llegó el frío, el común a todos.

Lo podes despertar cuando quieras, o cuando Tierra del Fuego culmine reventando las reservas del calor nacional. También lo podes ir pateando de tus muebles a medida que este acompañante se disculpa por traer invitados ingratos. Dícese: mi presencia, mis historias que se cuelan entre vapores carraspeados y gargantas invisibles, que te atraque un pensamiento que no se dice pero que uno percibe como la necesidad de que los malestares se vayan cruzando mi puerta, cerrando bien el portal para que mi garrafa no desperdicie más calor alimentando otro cuerpo, que no me jodas con tus anécdotas gangrenosas porque ya es suficiente el verme estaqueado en mi propia cama. 

Esperando que una neumonía por fin me coloque en un segundo plano… todo perecido, vencido, superando la debilidad que todavía me sutura a este film que llamamos vida. ¿Cómo creerle a esta calidez engañosa que nos apresa? “Hervite piel adentro que afuera todo está sitiado por gente que todavía se amamanta de las altas temperaturas“.

Vulnerado por este vaivén de falsedades encendidas, voy a imitar el hábito del oyente, del paciente, que el congelamiento no se nos ofrece en embestida, tal vez en un coma ascendente, pero no con ansias. Esto que disfrutas no es reconfortante, el calor como serenidad es el engaño.

Emancipator - Soon It Will Be Cold Enough

Tres canciones de amor

Un tipo prescindible sufre otro de esos ataques de copiosa alegría. Se calcina una tarde en el trayecto laboral, cuando raspa un toque a las personas que viven por un día su rutina, entran para escaparse en la mirada de su vida, tan derruída como voluntad.
“Hay rato y redención en el canto del neumático, en todas las veces que subí al colectivo y me arrepentía de elegir el lado que no me dejaba presenciar el mar. Pero ahora… Cardumen metalizado, asfalto marmolado”.
Le viene bien lo terrestre, lo contestado; se talla las mascotas muertas en las uñas y así recorta de a poco los recuerdos, le crecen esas molestias semanales en las extremidades: y a descarnar. Sin apegos.
“Me dinamito la dinámica. ¡Al absceso de felicidad lo surto a golpes para se derrame en las inquietudes de la gente! La termino zarandeando por todos los mercantes y kiosquitos que han tocado mis manos, como si en ellos también trastabillase este fulgor que me recorre”.
Tintinean en su paladar las horas que se quedó hasta tarde despierto. Llega temprano al destino, fuera de los injertos mercantiles, extraviado pero no extraído de la mismísima vida de alimaña, para el destino, él llega en un temprano impropio.
“Desde mi afecto mal agradecido, me arrojo al bucle de la vida. Good show… Good show… Ejecutado por las marginalias personales, acá estoy, ciudadano, acá estoy, pedestre. Good show… Good show…”.
Saborea sus últimos rastros de vida cerca del mediodía, y antes de dejarlos en el cenotafio más cercano, se considera grande y realizado. Ante el final de estos atentados a su salud, vive con la cura hasta la última de sus jornadas.

Ricky Eat Acid – Three Love Songs

domingo, 8 de junio de 2014

Inspiración ferrosa

    Para ese oficinista estaba más que bien el haberse tragado varias tapas de lapicera en vez de esos caramelos ácidos que ponían en atención al público, sabían espantosamente bien.
    —Mi estómago podrá escribir y ser crítico de todo lo que disuelve...— pensaba mientras agarraba un caramelo para disimular su impaciencia.
    Eran las dos de la tarde y lo estaba maltratando el sol, el calor en fuerte desamparo y el final del día parecía casi una leyenda. 
    —Nadie viene... ¿para quién laburamos?
    Cargaba una intranquilidad constante desde la hora de descanso, había salido afuera para refrescarse del aire sofocante y jocoso de esa oficina marmolada por dinero, era peor, el sol le quemaría la poca pelusa (pseudopelo) que le cubría la cabeza. Aun así decidió fumar uno o dos cigarrilos antes de meterse adentro de nuevo.
    En lo que tardó en encender su primer cigarro observó que en la vereda de enfrente se encontraba un paseador de perros que parecía de su edad, sentado sobre uno de esos bancos de piedra que se calentaban como pequeños hornos a esta hora. ¿Qué hacía abanicándose con una revista si su culo sufría aplastado entre joggins, sudor y piedras? Sufría lo peor.
    "¿Y qué hago preocupándome por culos ajenos? ¡Primero el mío!", meditaba el oficinista mientras prendía el segundo cigarro, hasta ese momento no se había percatado de los perros que llevaba ese tipo empapado de piel (de mal olor, de mugre) si no que suponía que era un paseador por haber escuchado unos ladridos infantiloides. No paseaba ladridos ese gordo seboso, paseaba un minúsculo yorkshire terrier vestido y abotonado con una prenda ridícula que a sus costados decía:"Stay strong".
    —Mantenerse fuerte... se está cagando de calor.
    Ese embrión de felpudo se estaba deshidratando y sofocando tanto como él. Ya no importaban las tapas de lapiceras estomacales inservibles (las tapas no llevan la tinta, idiota) ni su alopecia inflamable, ni el quinto o sexto cigarrillo y mucho menos toda la jerarquía anal que pregonaba hace instantes.
    Eran esas palabras de resistencia y ese sofocamiento compartido con ese perrito lo que lo hacía conmoverse. Stay strong. Ese tipo debía ser el dueño o padre de familia al que castigaron con la tarea de morir por insolación, junto a ese perro: dos indeseables. Pero la conexión era oficinista-yorkshire y yorkshire-oficinista y no tenía de mediador arbitrario a ese otro cuarentón. 
    Mantenerse fuerte era una pésima frase que al hombre trajeado lo ahogaba:
    —Tenes una inscripción terrible, llevas en ella destino. Un ardor chotísimo— decía el oficinista mientras volvía a su puesto de trabajo, rememorando muy molesto.
    En ese bochornoso evento... ¿No había un eje sobre todo? ¡Carajo por no darse cuenta! Se solapa entre esos giles algo impensable... ¿No le podríamos escribir en la piel a los animales para hacernos recordar reflexiones y parábolas? Viejo ignorante... ¡Perro boludo! Si ese hombre supiera qué negocio tiene atadito en su mano o si ese perro supiera mordisquear pero mala especie, lo cagó demasiado... Prenden el aire acondicionado y se me congelan las ideas... Stay strong, stay strong, mediocre el que confíe en semejante placebo, en un perrito clase alta va a parar el lenguaje... ¿Solo sabe cagar y comer el lenguaje? ¿Tan bajo llegan? Si no es por humanos, ni a palos se alimentan... Estar fuerte la secretaria. Yo. ¿Estar? Me preocupo de una boludez milimétrica y encima con este frío...
    No se podía sacar la idea de que un animal debería llevar trazado en todo su cuerpo una historia, una poesía o algún anuncio. Lápices de hierro al rojo vivo o rasuradoras tipográficas. Y acá en la oficinita sólo lo hacían con los humanos, símbolos de un labor social inexplicable. Ahí encerrado no ganaba nada. Afuera quizás menos. Tenía que irse a cualquier otro lugar a intentar lo teorizado.
    Agarró una tijera, se fue a una cocina del comedor y encendió una hornalla. Le hervía todo por intentar escribir sobre seres sin raciocinio, sin conceptos de tiempo como nosotros, monos pelados. En la cocina estaba la secretaria "diseñada con el mejor material genético", según el gerente, licenciado en virginidad. Ahí estaba ella en su carnal euforia preparándose un café, de espaldas a ese escritor de inspiración mordaz, y la panorámica del oficinista abrasivo era el culo como papel y la tijera como pluma.
    No alcanzó a escribir Carpe Diem porque los alaridos pasaron a los guardias de seguridad, y de ahí, al escritor reducido en el suelo, glacial como nunca, con algunas quemaduras en su mano izquierda y el llanterío de la secretaria por una obra de arte ultrajada. El oficinista llegó a escribir "CARP" en su gluteo derecho, sería más tarde acusado de acoso sexual y sus compañeros de trabajo lo recordarían no como un escritor de una volátil vanguardia, si no como un enfermizo hincha de River Plate.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Insignificancia migrante

Esh teshrrible:
"Incontables cantidades de buques prendidos fuego caen moribundos sobre Naked King y arrasan contra la mitad de la población moribunda de Naked King mientras todos los zorzales metálicos se iban apagando y se queman y dejan los habitantes (de la Naked King Locality) en moribundas moribandadas a la localidad de Naked King, arrasada por los incinerados (y moricidos) buques incinerados...".
Mi memoria pudo contener esa frase descolocada. ¡Medios fétidos! Yo no soy ese buque, ese, ese. Por todas las cosas que detesto ese medio enmarcó mi clímax, mi auge existencial, en una noticia. Impensable catarsis es leerme en ese título desiformante. Fue título, ¿no?

Me olvido de ser un transporte marítimo para ser chatarra celeste, sí, esta en ese odioso medio rugoso mentirles a los habitantes en bolas. A ese diario lo miman mucho, arquitecto moral. Nos dice a estas cascadas de acero que somos el odio, al Rey Desnudo le vendieron odio + rebuscamiento del hombre. Lo van a destrozar anímica + analmente. Analnímicamente. Por nombrar zorzales. ¿Significan algo? Por vigilante. ¿Ese rey es algo? Por decirme vigilante. ¿Yo? ¿Algo? Y decirme incontable sinuoso, a la comprensión no la va a atrapar nadie. Yo, vigilante (de la incongruencia). Re bonito el revoltijo armado.

Un idiota mi auge, rey revestido. Esos pequeños holgazanes salieron de sus escondites cuando cayeron al mar de tierra. A mi me comieron la garganta, ratoncitos de incongruencia. Ese buquemado camina zumbante al habitante desnudo. Mar visible. Vigía consciente. A los papeles de la ciudad cenicera los van a comer. Los siento corretear por mis mangas, porque puedo sentir, puedo salir a sentir sus patitas hilvanando calor, puedo salir a decirles a los migrantes si conocen lo normal. Pueden preguntar. Entrañable bicho peludo lleno de razón, si vos concedes un camino para ellos y su rey universal. Y si esa ternura de hacer crecer árboles de chocolate amargo se traduce en mordisquear sus genitales expuestos, bienvenido. Moricidos todos. Las criaturas chapotean en lo que los demás creen conocer. En lo que más conocen, ¡en lo que más creen! ¡Ruge el sigilo y Naked King: población cero! Y para mañana el diario no va a dejar de salir, y lo va a redactar otro informante. Y otra vez, ¿nadie vio a la comprensión escapar? Viga maestra... El diario jadeante lo reviven viandante. Los buques se levantan y ahora migran a otro pueblo dulce. Dulce viga maestra... ¡Buen provecho! ¡Hasta mañana!

Mauro Varela

viernes, 18 de octubre de 2013

Juntos somos extraños (segmentónirico)

Si pudiese ordenar y recapitular tantos sueños cortos en una sola noche... sería fascinante. Eran varios, lo sé, de algunos me acuerdo, pero no de su orden (tampoco de todos); por eso, "eran".

• En uno simulaba estar en un pequeño pueblo, pero alojado en un pequeño mercado asiático, me sentía adoptado por una familia desconocida. Que cada tanto me llamaba por mi nombre y yo solo asentía, para después volver mi cabeza a la lectura. Actividad que al parecer, hacía periódicamente; de la cual me desprendía cuando uno de los caseros pedía mi ayuda. Todo daba la sensación de que era en un pequeño pueblo, no venía nadie, nunca vino nadie a la pequeña tienda, me encontraría distraído por siempre.

• En otro enredo (me enredo dormido), que se puede ubicar en el inicio de ese lapso de un instante luego de que se acabara el segmento onírico anterior (si es que son esos). Caminaba por un barrio tan parecido al mío, con una lluvia torrencial y al lado de un amigo del que apenas escuchaba su voz. Esa voz que me resultaba conocida de algún lado, muy familiar pero a la vez tan distorsionada como para reconocerla ahora como "amigable y conocida". En ningún momento recuerdo haberlo mirado. Me perdía con la mirada por un barrio olvidad, con los mismos edificios, las mismas casas... Pero algo en su composición material lo hacía diferente en esa lluvia. A pesar de la lluvia y de llevar lentes, podía ver y perderme en esos edificios que conocía y desconocía a la vez por la misma lente. En un momento dado tuve que separarme de mi amigo, el extraño que desconozco. No me acuerdo como fue nuestra conversación final. Si es que me acuerdo de algo, fue de un diálogo tan sencillo como críptico. Ahí, mientras caminábamos cerca del final de una cuadra (me enredo hasta en mi posición) le digo que debo cruzar una calle de inmediato para volver a casa, él me advierte que me apure antes de que el agua haga de las calles un río, y que se iba por otro camino, y que yo apurara el paso. Lo último que hice fue saludarlo en un solo apretón de manos. En ningún momento ví su cara. Corría hasta el final de esa calle... corría para que no me ganase la lluvia, cruzaba una calle inmensa en ese barrio desconocido, cruzaba una avenida muy familiar. Me sentía aliviado, le había ganado a la lluvia. (¿No es un enredo muy insustancial?)

• ¿Yo estaba en un pueblo o en una ciudad? Todos estos actos eran pequeñas anécdotas que uno puede ir contando mientras viaja en colectivo, que si te animas, se lo podrías ir contando a algún desconocido. En lo que dura un paseo; subirse, encontrar un candidato adecuado (o en su defecto esperarlo), contarle uno de estos segmentoníricos y bajarse del colectivo. Consistía en que todo dure tan poco... En otro de los sueños estaba en lo que parecía ser la entrada de una escuela, pero jamás recordé haber estado en una escuela de tan pocas dimensiones. Era como una serie de departamentos grises y blancos pegados unos sobre otros, no superaban la planta baja y el primer piso. Y además de que era techado, se daba el lujo con una pequeña entrada donde había pasto, piedras blancas... además de dos profesoras que murmuraban y reían entre sí. Pero no estaba tan seguro de que entre ellas, mujeres de al parecer unos 40 años, hubiese una amistado, si no un trato de conocidos del trabajo. Fijate muy bien... que para mí ellas estaban murmurando para sí mismas, reían, gesticulaban, conversaban todo para sí mismas, cada una como un reflejo de la otra, cada una como una caricatura de sí misma y de la otra. Algo que me olvido de contar, y que termina siendo de lo más importante, era que no estaba solo. Íba acompañado de una mujer, que estoy segurísimo que era mi madre, cien por ciento seguro, aún si en estos "pseudo-ciudad/pseudo-pueblo" todo lo que conozco se desconfigure –o reconfigure– en cosas que termine por desconocer. Era mi madre. Además, nadie más que Eli para ir a una escuela desconocida (creería). Ignoramos en todo momento la presente fanfarria enlatada de estas señoras. Tan cercanas y a la vez tan ignoradas. Y recuerdo como hablábamos con Eli, criticas punzantes del colegio, y cercenábamos su ubicación, su arquitectura, su segurísimo estatus de privada (un estatus que al parecer nos sugeríamos); a modo de provocación, esperando a esas docentes, nosotros reíamos. Cuestión certera o no, luego de burlarnos decidimos irnos de esa (también, es seguro que también lo era en ese momento) "pseudo-escuela". Al cruzar el portón de entrada, una de ellas nos dirige la palabra. Se mostraba escéptica en mi búsqueda de una escuela y de mi desprecio. La otra reía. Y yo no me iba a ir sin responderle. Hasta ese momento no me había figurado una búsqueda. ¿Qué buscaba en estas instituciones? El caso es que respondía tajante que lo que buscaba no era para tomárselo en broma. Era todo completamente serio. Y Eli se reía mientras yo les dije palabras que ya no recuerdo. Sólo la final, antes de irnos; decirles "docentes", un funesto y desquitado "docentes" para amargar su día. Que ellas respondieron con una sonrisa disimulando descontento. Fue el respeto. Con Eli nos íbamos riendo camino a otra parte. Entonces, más que por una búsqueda, era nuestra diversión de caminar juntos.

• Si vuelvo a reflexionar la idea de hablar estos pequeños sueños en un colectivo, seguramente me quedo corto. No por la extensión ni por falta de historias. Si no por un desconocer la ausencia de colectivos imaginarios dispuestos a escuchar. ¿Existirían? O los tendrías que inventar hablando... Era algo que no se descartaba, seguía siendo parte de la baraja. En un plano más inclinado, ahora me encontraba cruzando un camino muy peculiar de la mano de una mujer que ni siquiera recuerdo quien era. Todo se perdía en un instante. Este camino era como un boulevard extendido por un tramo infinito. Que a medida que uno se acercaba al medio, se inclinaba más y más. Se podía sentarse en esa parte del pasto. En la parte más alta también habían bancos de piedra para sentarse... Mientras buscábamos/caminábamos/cruzábamos (todo correspondía a una misma serie de acciones), me crucé con un conocido, antes amigo, creería, porque solo nos saludamos con un "hola" muy seco. En contraposición de ese lugar fresco y de un verde rocío que se sentía a cada rato. Me saludó y se reacomodó con su pareja, no le pude ver la cara... Eran tantas las parejas en ese lugar, y uno era sólo otro par más de sentimientos en ese extraño camino inclinado. Y en todos estos sueños se sentía todo nitidamente, tan simples que podían resultar... Pero tan vivos... En este sentía un frío terrible, como un letargo. Que me protegía la calidez de mi pecho. Reveses configurados del sueño.

• Al final no logro comprender esa sucesión espontánea, tal vez sí pero no quiero o ahora no es momento, o... Volvía a un escenario de lluvia, esta vez un poco más calma que la anterior. Entonces este. ¡Este! Es el final que sacude. Sacude por afán o por enigma. Yo caminaba la rotonda entre dos avenidas, y en esta rotonda se agolpaba una cantidad considerable de gente. Policías cortando la calle y yo cruzando como si nada. E ignoraba lo que ocurría, si fuese accidente o crimen no importaba, era otro de los tantos dejamientos que me fueron traspasando. Era una suerte de ente ignorado, de ente sacudido por algo que desestimaba totalmente. Dedicado a cruzar calles y caminar por esos microsueños tan expuestos. Y me desperté con unos latidos fuertes en el pecho. Ente latido, entre latidos decidiría contar cada uno de los conocidos extraños que recordaba. Supondría usted que lo estaba haciendo por un bien, quizás. De lo que se puede llamar "certero", "enredo", "dejar", "sentir"; es que me desperté irrazonablemente temprano... Y más "nítido" (a tomar con pinzas) es que un día en una vida, en toda la historia, no es más que otro sueño de un instante. Donde somos un ente (des)conocido por unas cuantas horas. ¡Tengo una sed! 

Mauro Varela

domingo, 13 de octubre de 2013

Reniega de la esperanza, reniega del más-de-lo-mismo

Si se nos permite decir algo más, esperaré siempre a que sea algo más que un recuerdo deprimente. O un alzar la cabeza esperanzada luego de una adversidad. Y acá estoy siendo esperado, muy testarudo, sin tratar un recuerdo deprimente como a ustedes se les permite y se les revelan las cosas, quisiera preguntar como es que enredan más de lo mismo, esos sentimientos escritos inyectados con su psique y escritos en serie. Sí, en serie. Cómo es que hay rasgos suicidas que a mí se me revelan tan uniformes. Porque apoyo lo individual pero remarco otra vez mi testarudez (sus "obras descarga", sus sentimientos, sus hirientes) que me agrada como una gloriosa pizza fría que se desacomoda de todos esos dolores que sienten ustedes, identificados unos con otros. Es remarcar esa serie de patrones que no me producen nada, porque ustedes son en esa curiosa agrupación, unos seres tan comunes como yo y esa testarudez mía de explicar todo rebuscadamente e inyectarla de pizza fría bien licuada (y ahí tenes mi normalismo tonto en que se desentienden las cosas) y de sensaciones de volar extraterrenamente (y ahí, caminantes del más-de-lo-mismo, se encuentra la igual de mundana y ensoñada progresión, otra que arriesgarse a alzar la cabeza sin necesidad de otra razón –osea, muchas razones– de levantar la cabeza así me duele menos el cuello y chau trances) que ustedes, seres tan emocionales se han ensimismado en no visualizar.

Me gustaría decirles que sus expresiones me aburren, pero no es posible. No es mi deber. Y es que por castigo preferiría que jamás amen sus manos. Porque una de mis preguntas que albergaba mi cabeza hace un tiempo era: "¿Es que no aman ni siquiera a sus propias manos?". Y es que no hay deber. Y si pudiesen planear todo en un sí y en un no... lo harían ley. Y no se podría decirles algo tan disonante como... A ver... ¿Como qué? ¡Millones viviendo ahora nunca morirán! ¡PERO VOS SÍ! Y es que arroparse y balbucear "p-pero mi sentir" puede más. Temen en secreto la disonancia. Y entre ustedes veo que claramente pueden sentir, pueden lograr muchas cosas, y se van a felicitar identificados con el mismo dolor en el pecho que bien puedo consentir pero jamás sentir. Porque morir es lo primero que se tiene que hacer para que todo sea tan graciosamente grácil. Claro, porque "no sabemos aún qué vamos a hacer", y es que es segurísimo mi desencajamiento, mi "ser de sobra" en esa tribulación que veo entre la especulación de lo que pueden hacer; ahí, vendiendo novelas de amor matado (tan feo y vacío como suena), lanzando sus aves tristes por los aires, construyendo sus santuarios, sus tristezas de uno solo (compartidas), un fervor por cantarle a la lluvia más de lo mismo; y congregarse, y llorando, e ignorando a esa sucia paloma que esconde secretos ancestrales. ¿O no creen en palomas de secretos ancestrales? Bueno, ahí está la dulzura que tanto carecen. Porque esa paloma se va a posar en sus plazas pétreas y encogidas, mientras entran a sus congregaciones flagelantes a empaparse de nada, esa nada mientras yo estoy recostado en un banco de una de esas plazas mezclado de indigente comiendo mi pizza fría. Entonces la paloma boba se va a posar en un árbol y yo la voy a putear porque se cagó en mi pizza fría mientras esa rata con alas arcaica se va alejando. Para después tranquilizarse y limpiarla para seguirla comiendo, y sabiendo, que de una buena vez por todas, esa paloma va a defenestrarlos con todos sus sentimientos inhóspitos y tristes. Y yo ahí escribiendo con esa pizza, con todo el fulgor de saber que esa paloma tiene más sabor. Ojalá les corten las manos.

Mauro Varela

martes, 24 de septiembre de 2013

Agenda dormida/Manual ígneo

No puedormir. Miré hacia el techo y me dí cuenta que tengo numerosas constelaciones ocultas dentro del concreto, yo creo que se mueven, son la bruma... Superan a la bruma y a los días en los que me la pasé durmiendo. (¿Cuando dormís mucho es porque te sentís triste?). Veo -intento más que nada- plantear nuevos patrones en mi techo, en mi lecho. Sobre mi agenda dormida. Es el sonar oculto, es el radar de la ausencia que me cree inseguro, y acoplado al cansancio: me hace incertero. Ah, es que yo coparía las infecciones de nada. Debería tener una actitud reprochable. Dormir de 15 a 17, de 19 a 21, de 3 a 10, de preferencia, infectarse de nada. Manual Ígneo. A ver...

MANUAL ÍGNEO

1. Carbonizar su entorno, preguntarse: ¿Existe una posibilidad de reencontrarse ante su ambiente puro, ahora mezclado de fuegolvido, aireprochable y la férrea alma de nada?
Respuesta: No existe posibilidad ante los localizadores, paralizadores zares del desistir.

2. Una vez recapacitada la situación, mirado, relecturizado y consumido este diario ejercicio de hipnotismo urbano. Piense: ¿Acaso se hizo un esfuerzo por reencontrarse?
Respuesta: Ningún esfuerzo por reencontrarse fue intentado.

...

Con hacer solamente dos puntos de un exhaustivo cuestionario me convencí de que no ocasionaba regalías ni mejoras anotar puntillosamente todos esos esfuerzos. Cerré el cuaderno y me recosté en mi cama hasta perderme en las pálidas estrellas que eclosionan y rugen en el techo blanco. Era un bello trance que tenía que acabar alguno de estos sábados. No valía la pena un salvavidas de fuego. Ojalá amanezca pronto...

Mauro Varela

jueves, 19 de septiembre de 2013

Marcha de la justicia (construida y ahora quemada)

Desde los yermos llevo espirales y desde los descampados traigo fractales. De dos a cuatro me movilizo. De cuatro a seis me sublevo y desfiguro. Yo soy el indigno indignado para un disturbio lento por el Nuevo Comodoro de siete a nueve. (Ya no seré el contexto). ¡Voy a la marcha y quemaré a todo el crimen! Porque entre dos y diez ya me enervo, harto. Porque necesito, porque creo que necesito ilusionarme. Haré del fuego un manifiesto. Ya no sabré las horas por las noches. Porque por las noches expulsaré a los asesinos. Mil miradas apuñalantes por la tele, mil voces sofocantes por las radios. Porque se suponía que tenía que pasar acá. ¡Un ridículo acá para la justicia! Seré la plaga del sur que combatirá a las plagas del norte. Pero mis reclamos no se van a escuchar. Porque la plaga aún es estorbo, acá, soy estorbo. Tomen mis manos y tírenlas al río.

El gas lacrimógeno entró en los ojos, manifesté mi descontento, salí disparado y desesperante sobre los patrulleros quemados ante la milicia desesperada disparando sobre las patrullas de la injusticia quemada. Somos patrullas incineradas unidas por un muerto. Separadas por los muertos atrapados en estática. ¡Murió! ¡Hora de valer! ¡De saquear! De que la autoridad use la milicia y así yo diga que con la milicia estuvimos mejor. Y entonces todos estaban asustados, para nosotros tiene que ser común estar asustado. Las ciudades dignas, ricas (pero sólo de una corrupción respetable), siempre están asustadas. La marcha no quiere quedarse anclada a esta ciudad. Aquellos que se quieran manifestar deben morir, aquellos que mueran no se podrán enojar, porque nosotros nos manifestaremos por ellos. De mi country llevo ilusiones ópticas, ah, pero mi terreno ocupado tiene sembradas a las almas testaferras. Sí, son las plantas de la Aurora, son los frutos del buen aire. ¡Mi amado engaño! Te sacaré a rastras de este país que ya no te ama. Porque los caminantes durmientes nos seguirán por los disturbios que creamos y en los que nos hundimos. (Son tantos factores embriagantes, engaño). Comodoro va a morir y la Patagonia marchará por él. Y será todo un parche o una venda hecha de leyes. Esas vendas sagradas que procuran la seguridad de estar vivo.

Mauro Varela